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EXTRACTO DE: "PLENITUD EN LA VIDA COTIDIANA"

CAPÍTULO II



COMO DESCUBRIR EL OBJETIVO DE LA VIDA POR NOSOTROS MISMOS



Resumen del capítulo anterior



Hemos hablado en el capítulo anterior del problema general que se nos plantea cuando queremos ver el sentido que tiene la vida. Decíamos que es muy fácil -y lo que todos hacemos o hemos hecho- adherirnos a una ideología que nos ofrezca el sentido de la vida de un modo pasivo para nosotros, ya hecho y prefabricado. Puede ser en sí mismo excelente; pero aunque el sentido de la vida que dicha ideología nos brinde sea cierto, para nosotros es falso porque el sentido de la vida sólo es auténtico cuando uno lo descubre por sí mismo de un modo directo, inmediato, personal. Mientras sea algo que nos venga dado de fuera, aunque en sí sea excelente, siempre será una cosa de segunda mano, ajena, extraña y lejana a nosotros mismos.
Ahora bien, el sentido de la vida no puede ser algo que esté alejado de nosotros, sino que es nuestro mismo ser esencial aprehendido y captado en su dinámica, a través de nuestra mente consciente. La vida tiene en sí misma su razón de ser y su mensaje, que no consiste en explicaciones que se puedan dar desde fuera, por ser éstas siempre abstracciones y por lo tanto un alejamiento del vivir en sí mismo. La vida tiene toda su explicación, todo su sentido y todo su significado en el mismo hecho de su existencia, en cada instante de su manifestación.
Si nosotros pudiéramos vivir continuamente centrados, tomando conciencia de cada momento de nuestro vivir, la vida para nosotros se llenaría de sentido y de plenitud. Esto que digo, de momento puede parecer también una fórmula más que ofrezco y por eso, en cuanto fórmula, hemos de evitar el adherirnos a ella de un modo ciego, o como consecuencia de unos razonamientos, por atractivos y sugestivos que sean. Así, pues, incluso desde esta perspectiva que planteamos, es preciso hacer una investigación directa, personal, para que la investigación se convierta en autotransformación y, por lo tanto, en autodescubrimiento.
Dijimos que los ideales tienen lados excelentes, magníficos, pero que también encierran a veces un aspecto negativo; y que por eso hemos de aprender a buscar un sentido a la vida, que sea auténtico, pleno, amplio, que no encierre contradicciones, en el que quepa todo fenómeno, de forma que no nos haga falta volvernos de espaldas para no mirar ciertas cosas porque no encajan con la ideología que se nos ha dado. Es preciso que el sentido de la vida que andamos buscando sea válido para todo lo que hay en ella: lo mismo para las desgracias, las inmoralidades, las injusticias, el mal, el dolor, que para el bien y el bienestar, de modo que todo encuentre su razón de ser, y esté encajado dentro de una unidad.



Cómo descubrir el verdadero ideal

También decíamos que hemos de aprender a descubrir el ideal, mirando directamente la vida, tanto la vida en derredor como la vida en nosotros. Es cierto que mirando la vida que nos rodea no podremos saber directamente cuál es su sentido, porque lo que podemos observar a nuestro alrededor no es propiamente la vida, sino sus manifestaciones externas y fenoménicas; precisamente las manifestaciones que la ciencia estudia. Sin embargo, hemos de observar todo lo que llega a nosotros para ver si con todos estos datos podemos vislumbrar alguna explicación que nos proporcione cierta luz sobre el sentido auténtico de la vida.
Pero sobre todo hemos de aprender a mirar en nosotros mismos, pues la vida, no como concepto abstracto o teórico, sino como experiencia directa e inmediata, de cada uno de los momentos, es algo interno, muy íntimo, que tenemos que mirar y ver en nosotros mismos.
Por lo tanto haremos distinción entre estos dos aspectos: la vida externa, la vida que nos rodea, que en el fondo no es más que una serie de manifestaciones fenoménicas, y la vida interna, tal como se expresa en nosotros y como nosotros la experimentamos a través de una serie de manifestaciones de tipo subjetivo. Los dos aspectos han de complementarse, y no puede ocurrir de ningún modo que los datos que nos dé la observación externa de la vida se contradigan en absoluto con los que nos proporcione nuestra conciencia interna, pues los dos son manifestaciones de la misma vida y, por lo tanto, el sentido ha de ser idéntico para ambos.



Mirando la vida que nos rodea

Si miramos la vida que nos rodea -y al decir esto me refiero a todo cuanto tiene vida: vegetales, animales, hombres, grupos sociales, etc. podremos observar que todo sigue un ciclo claro, evidente: nacimiento, desarrollo, plenitud, madurez, reproducción, declinación, muerte. Todo ser vivo sigue esta curva evolutiva e involutiva.
Si observamos la vida que nos rodea desde un punto de, vista más amplio, en un ciclo más largo, con perspectiva histórica, podemos advertir exactamente el mismo fenómeno: nacimiento de una cultura, de un grupo, de unos valores: desarrollo, plenitud, irradiación, decaimiento y desaparición. Y todo cuanto estudia la ciencia, como cuanto observan nuestros sentidos, no se refiere más que a los fenómenos particulares que se producen en cada fase de este ciclo permanente que se da en la naturaleza.
Es un proceso que se verifica constantemente. Parece como si toda la naturaleza estuviese organizada para asegurar este proceso. Si la estudiamos, atentamente veremos que hay en ella una inteligencia extraordinaria, que se manifiesta primeramente en los cuidados primorosos, en las verdaderas filigranas con que se prodiga para asegurar ese proceso de reproducción, nacimiento y protección del nuevo ser cuando aún es pequeño, y para proporcionarle luego todos los medios de subsistencia mientras dura su fase de crecimiento; y, en fin, para que nada falte al feliz desenvolvimiento de cada una de las fases. Esto nos dice el estudio de la naturaleza, en los reinos vegetal y animal. En la vida humana podemos observar exactamente lo mismo. Para nosotros el ser que nace tiene un carácter sagrado. Hay algo en nosotros que nos hace mirar con sumo respeto a ese ser pequeñito que, de momento, no nos trae más que molestias, pero que por otro lado tiene un encanto, un atractivo y una grandeza extraordinarios. Hay en nosotros un sentido innato de protección de la vida incipiente y de obligación de cuidar de aquella vida.
De un modo u otro en toda la gama inmensa de formas de vida que existen, observamos siempre lo mismo. Yo diría que examinando la vida sin ninguna ideología preconcebida, la lección o plan aparente que nos revela la naturaleza parece consistir en procurar que cada individuo, que cada forma de vida, se desarrolle y alcance su plenitud, y al mismo tiempo en asegurar la supervivencia de la especie de manera que el proceso continúe sin interrupción.
Esto lo vemos en todos los planos de la existencia, lo mismo en el reino vegetal y animal, como en lo relativo a la vida humana y a sus diversas manifestaciones sociales y culturales; lo mismo se trate de individuos aislados, como de colectividades, grupos o culturas. Siempre el mismo proceso repetido incansablemente. Todo nace, se desarrolla, alcanza su plenitud y muere.
¿Pero qué significa esa plenitud? Observando la evolución histórica de los grupos humanos comprobamos que esa evolución sigue invariablemente un proceso en el que cada vez las formas van adquiriendo una mayor complejidad, y al decir esto quiero decir también mayor amplitud, mayor finura, mayor precisión en sus mecanismos de ajuste y de adaptación. Es decir, que no sólo dentro de cada vida o de cada grupo particular, sino a través de toda la línea evolutiva en su conjunto se ve que las formas de vida avanzan y se perfeccionan, alcanzando grados cada vez más elevados, y dando lugar, a pesar de algunos retrocesos momentáneos, a una mayor perfección de las especies y de los grupos.
En una palabra, siempre percibimos que la vida, tanto de los individuos, como de los animales y plantas está ordenada a que las formas nazcan, crezcan, lleguen a su plenitud y después desaparezcan para luego convertirse en nuevas formas. Me recuerda esto un poco el juego de las aguas en las fuentes luminosas. El agua sube, adquiere una configuración y entonces esa misma agua cae para volver otra vez a subir y tomar de nuevo las mismas formas o similares. Si se fijan, el proceso de la vida es muy parecido. Es como si todo estuviera subordinado a mantener una plenitud de formas, un juego incesante de creación de nodos de vida. Detrás de toda esta creación y recreación, de este ir y venir, se adivina una constante que es la vida misma. Ella es lo permanente, las formas son las variantes, su manifestación accidental. Como si el único argumento central fuese vida: vida que se manifiesta a través de las formas. Exactamente como el agua que se expresa en mil caprichosas figuras. Nosotros vemos las formas y decimos: ¡qué fuente tan bonita!; pero en realidad lo que tiene más consistencia allí es el agua, esa agua que va cambiando constantemente, no el cambio o la forma, que de por sí es efímera.
Quizá podríamos sacar de esto más conclusiones de las que iremos extrayendo. Pero aquí me limitaré solamente a las que todos a primera vista podemos deducir si miramos las cosas sin demasiadas ideas preconcebidas.



Mirando la vida en nuestro interior

¿Qué vemos cuando miramos la vida que surge, que se manifiesta en nosotros, cuando examinamos la vida vivida por dentro? Por de pronto muchos fenómenos y muchas formas, impulsos y estados nuestra vida es muy compleja. Pero si nos proponemos buscar lo que viene a ser el denominador común de todos nuestros cambios internos y nuestros fenómenos de conciencia, es decir, de toda nuestra vida consciente, podemos reducir todos los fenómenos, formas y cambios a una serie de dualidades entre las que nos movemos constantemente. En el mundo físico variamos sin cesar entre la dualidad: placer-dolor; en el nivel afectivo nos movemos siempre entre la dualidad: amor, atracción, y odio, rechazo, repulsión; en el nivel intelectual entre la dualidad: verdad-mentira; en un nivel más difícil de concretar, que podríamos llamar de voluntad, podemos decir que nos movemos entre la dualidad: ser y no ser, esto es, conciencia de realidad de uno mismo y negación de esta conciencia de sí mismo.Y toda nuestra vida consiste en un esfuerzo por retener los primeros términos de la dualidad placer, amor, verdad, ser, y en rechazar, huir y alejar de nosotros los segundos términos de dichas dualidades dolor, odio, mentira, no ser. Tanto es así, que si miramos nuestra dinámica interior, veremos que toda ella está movida por esos estímulos, por la búsqueda de alguno de esos elementos de la dualidad -los positivos- y por el esfuerzo de separarnos de los otros, de alejar los términos negativos. Toda nuestra motivación gira alrededor de este centro. Naturalmente hay infinitos modos de ser, muchas formas de verdad, muchas modalidades de placer, muchas clases de amor, pero los modos no hacen nada más que dar matices a esta constante. Y si reflexionamos bien, veremos que detrás de cualquier acto de nuestra vida hay siempre esta motivación. Todos buscamos placer, amor, conocer, ser.
Pero ¿cómo lo buscamos? Es fácil comprobar la afirmación general de que nos movemos atraídos por el primer término de las dualidades y tratamos de retenerlo; pero la forma en que cada cual intenta vivir ese primer término varía mucho, es muy diferente en cada persona. Para una persona el placer será tener asegurado un buen plato en la mesa y estar cómodo. Para otro el placer consistirá en unos refinamientos y unas delicadezas de otro tipo. Unos concebirán el amor sólo en su vertiente física, sexual. Para otro, en cambio, el amor es esa capacidad extraordinaria de sentirse y de participar con el otro, de darse cuenta de que forma una unidad con él y de ayudarle a ser más sí mismo. La verdad para unos consistirá en tener una idea clara de cómo organizarse su vida concreta y de las cosas inmediatas que le rodean. Para otros el ansia de la verdad se hará sentir en la necesidad de llegar a encontrar algo que explique su vida, que explique su papel, su función, su lugar, en el mundo.
Cada una de estas cosas, a su vez, la vivirá cada cual matizada de una forma exclusivamente personal; pero siempre, de un modo u otro, estaremos buscando todos los mismos estados interiores: placer, amor, verdad, ser. Parece, pues, que si miramos a nuestra vida interior, la vemos empujada y movida por un ansia de plenitud, de totalidad en cada uno de esos aspectos. A la plenitud de placer la podemos llamar felicidad; a la plenitud de amor, beatitud; a la de verdad, sabiduría; y a la de ser, poder.
En la India concretarían todo esto en las tres palabras clásicas con que definen la naturaleza de Atman, es decir, la naturaleza esencial del ser humano: Sat-chit-ananda. Sat quiere decir ser; chit, conocimiento en el sentido espiritual, y ananda, felicidad suprema.
Lo que nos empuja a vivir es el logro de estos fines. En unas personas puede dominar más la búsqueda del conocimiento, en otras la del bienestar, del placer y en otras la del amor. Pero todos buscamos todo. Lo que puede ocurrir es que en una persona domine la búsqueda de una de esas cualidades por encima de las demás. Fíjense que digo que buscamos estas cosas y que las buscamos como un ideal real, operativo, no como un ideal teórico, abstracto, pues ya en páginas anteriores señala que habíamos de separar bien la teoría y la abstracción de lo que es nuestra auténtica consigna que nos mueve de verdad en la vida. Y este es precisamente el ideal inmediato, vivo, el que nos hace mover en todas las cosas. Cuando buscamos mejorar el sueldo, perseguimos ese ideal; cuando pretendemos pasar un rato agradable en una tertulia de amigos, andamos tras el mismo ideal; y no es otra cosa lo que buscamos cuando leemos un libro o asistimos a una conferencia o intentamos realizar una buena operación comercial. Incluso el hombre que comete una acción delictiva busca también a su modo conseguir ese mismo ideal.
Bajo formas muy diversas todos andamos tras el bien y todos vivimos buscando el amor; sólo que el bien podemos vivirlo de una forma muy limitada, muy pequeña, - de tal modo que este bien nuestro particular se contraponga al bien social y entonces tendrá el nombre de mal; pero, en el fondo, nosotros lo buscamos, como bien, y en tanto que bien, aunque a veces nos perjudique en otro sentido. Lo que sucede a menudo es que en la medida que nuestra mente se limita a una perspectiva pequeña y estrecha, nuestra visión puede contraponerse a la perspectiva general de la sociedad en lo que se refiere a algunos valores reales de la vida. Pero también puede ocurrir que la perspectiva social no coincida con la de la vida, con su realidad evolutiva y esto da lugar muchas veces a las grandes crisis sociales, políticas, etc.
Por ejemplo, un problema que han estudiado historiadores y sociólogos, es el del efecto del maquinismo en cuanto tiende a deshumanizar por completo el valor de la persona. El tipo de vida a que esto conduce, y que cada vez se extiende más, va diluyendo la familia. Pero puede ser que se llegue a otra clase de valoración de la sociedad, en la que la piedra fundamental no sea la familia, por más que de momento esto nos pueda parecer extraño.
Dejando esto aparte, el hecho es que aunque hay cosas que van, o parecen ir, contra lo que es la ley, la norma y el sentido general de la vida establecida, si miramos bien a nuestro interior, veremos que la nota dominante que aparece en nuestra vida es siempre la búsqueda de una plenitud a través de la verdad, del conocimiento, del amor y de la realidad. Y esto está detrás de todo, incluso de las acciones más nimias, más pequeñas y aún de las más extrañas. Es lo que todo el mundo intenta buscar, lo que verdaderamente nos mueve. Observando qué cosas son las que más nos llenan, veremos que son precisamente las que se aproximan más a este ideal. Y, viceversa, las que nos producen un dolor mayor, las que nos causan más hondo pesar y una depresión más profunda, son las cosas que nos alejan de esta realidad o ideal.



El objetivo de la vida y dónde hay que buscarlo

Por la observación aparece bastante claro que el sentido de la vida en su aspecto interno es llegar a una plenitud de conciencia, sea de un modo u otro, y en su aspecto externo, es expresar esa plenitud de conciencia a través de una plenitud de forma; aunque la expresión de la vida a través de las formas tiene siempre un carácter accidental y efímero, pues las formas son simplemente eso, una expresión, una manifestación. Solamente cuando se vive la vida en su misma fuente, allí de donde brotan todas las formas, es cuando se percibe que es más completa, más llena en sí misma. La vida no tiene sentido por el hecho de dirigirse hacia un lugar determinado. Muchas veces nos preguntamos: ¿cuál es nuestro fin?, ¿hacia dónde nos dirigimos?, ¿a dónde iremos a parar?, como si el lugar hacia el que nos dirigimos nos pudiese dar por sí solo el verdadero sentido de nuestra vida actual. El verdadero sentido de la vida no está en el término de ella, sino en el instante presente, detrás de todas las necesidades, de todas las leyes y de todas las manifestaciones de la vida misma. No hemos de apoyarnos en el futuro ni en el pasado para descubrir el sentido que pueda tener nuestra vida, puesto que el pasado y el futuro sólo son imágenes en nuestra mente y sólo el presente tiene plena realidad. La verdad de nuestra vida la hemos de descubrir ahondando en el presente.
Este ahondar en el presente es realmente lo único que nos permitirá llegar al fondo, a la fuente misma de la vida, más allá del tiempo y del espacio, más allá del pasado y del futuro, más allá de toda manifestación concreta. Allí es donde encontraremos lo único que da un significado pleno y total a cada uno de los instantes y a cada una de las formas a través de las cuales se va manifestando la vida.
Las formas, lo exterior, nos puede dar una cierta satisfacción y plenitud, pero será siempre de un modo muy relativo. Puedo comer mucho de lo que más me agrade, y sentirme muy satisfecho. Pero llega un momento en que ya no puedo comer más, mi apetito tiene un límite y comer más me causa repugnancia. Para mí es ya un mal.
Lo mismo que ocurre con ese ejemplo, sucede absolutamente con todas las cosas externas que dan plenitud, porque la procuran no a nuestra conciencia profunda, sino a nuestros mecanismos, a nuestras formas. Puedo llegar a acumular muchos datos, tener muchos conocimientos científicos y cada vez que voy adquiriendo más me siento más satisfecho, si mi tónica personal me induce al desarrollo mental, pero llegará un momento en que me daré cuenta que esto no puede darme la plenitud, porque ésta no se obtiene con la cantidad sino que es una cuestión de profundidad, consiste en llegar al centro, y la acumulación nunca conduce al centro.
En el afecto ocurre exactamente igual. Hay muchas personas, la gran mayoría, que toda la vida se la pasan amando mucho y sufriendo mucho por ello sin llegar nunca a la plenitud. ¿Por qué?, porque algo hay en esas personas que les impide que su afecto les sirva de camino que las conduzca al centro. Tienen momentos plenos, apasionados, exaltados, magníficos, pero les sucede lo que expusimos en el ejemplo de comer, aunque en otro plano superior.
Se consigue así la satisfacción de algunos niveles de nuestra estructura humana: la del nivel biológico, por ejemplo, a través de los alimentos y de las sensaciones agradables, la del nivel afectivo a través de sentimientos y emociones de cariño. Y aunque el hombre precisa de estas cosas y su uso es normal y legítimo, no obstante, no llegan a producir en él una plenitud auténtica, estable, profunda, porque suelen utilizarse solamente para satisfacer unos mecanismos, para llenarlos y saturarlos como si fuera a presión. Y así no se puede alcanzar la plenitud verdadera. Porque la plenitud verdadera no es la que sacia los mecanismos, sino la que a través de ellos nos conduce hasta el centro mismo que los anima y sustenta.
Nuestra vida es un proceso centrífugo, va constantemente del centro a la periferia, y toda explicación de lo que ocurre en la periferia la hemos de buscar en el centro. El no darnos cuenta de esta verdad es la causa de que no encontremos la verdadera plenitud y felicidad. Es un problema que radica en nuestra pequeñez mental que nos impide tener una visión del conjunto. En la medida que nuestra mente, a causa de su cortedad de visión, se fija límites y objetivos estrechos no puede lograr más que satisfacciones momentáneas que, además, prontamente le producen una saciedad y le obligan a buscar nuevos estímulos y objetivos. Porque al fin y al cabo ninguno de estos pequeños objetivos es el auténtico, sino sólo aspectos parciales de la plenitud central que buscamos y que en el fondo es la que nos motiva y nos empuja.

Nuestro problema

Nuestro problema reside en que por una parte ya existe en nosotros esa fuerza, esa realidad, que es la que nos impulsa a buscar la plenitud total; pero por otra parte no hemos desarrollado suficientemente nuestros mecanismos, de modo que no podemos captar ni expresar toda la amplitud, toda la fuerza y todo el contenido de nuestra realidad central. En consecuencia sólo vivimos y nos preocupamos por la consecución de cosas pequeñas y parciales, y por lo tanto, las satisfacciones que nos puede dar la consecución de esos objetivos pequeños se limita a unas felicidades también parciales. Parece como si el conseguir la plenitud estuviera subordinado a la calidad y a la capacidad de nuestros mecanismos. Si nuestra mente es pequeña no puede intuir ni ver un objetivo mayor. Si nuestra afectividad es reducida no puede asimilar un afecto más amplio, más profundo. Y no obstante sentimos ansias de algo más, porque de lo contrario no nos sentiríamos insatisfechos. El problema de la angustia, del malestar, el problema de que la vida sea todavía un valle de lágrimas como se dice, no consiste más que en este hecho de que algo en nosotros anda mal, algo está encogido y nos impide funcionar a pleno rendimiento. Porque no hay duda de que en todos nosotros existe la posibilidad de llegar a realizar esa plenitud porque ella no es algo que hayamos de conseguir mediante la asimilación o adquisición de cosas exteriores, sino que ha de ser el resultado de la toma de conciencia, de la apertura total de nuestras facultades, de nuestros mecanismos mentales, a lo que es nuestra propia fuente de vida, a lo que constituye nuestro centro.
En el momento en que podamos sintonizar y abrirnos a esta fuente central de vida, nuestra mente se aclarará con una intuición permanente, constante del sentido de la vida y de las cosas; y nuestra afectividad vivirá en un estado de plenitud consecuente a esta conciencia de unidad que está detrás de todas las formas separadas y nuestra vida recibirá directamente, sin distorsiones, todo el empuje y toda la energía que brota de esa fuente profunda interior. Encontramos aquí, por lo tanto, el camino que nos conduce a la plenitud.
Esto mismo, expresado en otro lenguaje, podríamos decir que es el modo de llegar a Dios pasando a través de nuestro núcleo central. Habría que cambiar las etiquetas, los nombres. Pero es secundario el nombre que le demos. Si alguien tiene necesidad de llamar a estas cosas con determinados nombres, que lo haga; pero lo más importante es atender al hecho vivo, no a los nombres. Estos sólo son una convención, algo que señalan, que indican, pero que nunca pueden expresar la cosa en sí misma. Por desgracia nosotros nos conformamos con
harta frecuencia con los nombres. En cuanto hacemos unas cuantas combinaciones con unos cuantos nombres y unas cuantas ideas, nos parece que ya hemos encontrado el porqué. Y no encontraremos nunca el verdadero porqué, eso positivo, eso vivo, si no vamos más allá de los nombres hasta la vida misma, hasta la fuerza que nos hace vivir, y que mantiene en movimiento todo cuanto existe.



¿Cómo realizar el objetivo?

Todo esto parece muy interesante; y lo es en verdad. Pero el problema concreto de cada uno de nosotros consiste en saber cómo podemos convertir todas estas inquietudes y aspiraciones en experiencias reales y vivas.
Muchos o algunos han llegado a esta evidencia o realización. Su testimonio es siempre un aliento y un estímulo. Pero este testimonio no tiene valor para los demás más que como mera hipótesis de trabajo. Lo único válido para nosotros será nuestra propia realización personal.
Hay modos de trabajar. Si estudiamos los mecanismos que interfieren la toma de conciencia con nuestra realidad central, podremos conocer los medios que existen para quitar estos estorbos, estas limitaciones y obstrucciones que nos impiden contactar y descubrir directamente eso que somos nosotros mismos. Esto requiere trabajo, interés y sobre todo no asustarse. Exige, en suma, buscar y buscar por encima de todo. Sólo conseguirá la realización interior aquel que la quiera más que las demás cosas, porque, sino, convierte las demás cosas en su dios. Y hemos de ver claro cuál es nuestro dios. No a quién damos este nombre, sino el que tiene fuerza en nosotros, el que nos anima, nos empuja y polariza nuestra actividad; no el que teóricamente aceptamos sino aquél hacia el cual basculamos, el que es el centro- de toda nuestra conducta, como si nos atrajera con su magnetismo.
Para unos puede ser la gloria, para otros el demostrar su superioridad, o el conseguir una posición social determinada, o alcanzar un cierto grado de independencia, o introducir en la sociedad una forma económica revolucionaria, o el llegar a una visión más clara de la vida, o el vivir una conciencia de amor que trascienda todas las formas transitorias, o el alcanzar un estado firme y estable de plenitud interior, o, en fin, cualquier otra cosa.
Cada uno ha de ver diáfanamente cuál es el objetivo más fuerte que le impulsa, porque es absurdo que, si el objetivo real que anima por dentro a una persona está en el Norte, se esfuerce en ir hacia el Este. Por eso es evidente que uno necesita definirse interiormente. En realidad ¿qué es lo que busco?, ¿busco realizar esta plenitud interior?, ¿llegar a vivir totalmente el sentido que tenga mi vida sea cual sea este sentido?, ¿es esto para mí lo más urgente? Porque si no lo es, resulta lastimoso que pierda el tiempo, ya que podría dedicar todas mis energías a luchar, a conseguir acercarme al verdadero objetivo, al que sea mío.
Por eso es importante definir y fijar el objetivo. Si uno no lo ve claro -y eso nos ocurre con frecuencia- hay que mirar cuál de todas las cosas que conocemos o hemos leído es la que en nuestro interior despierta mayor atractivo. Cuando no hay clara evidencia interior, a pesar de haberla buscado, conviene actuar por tanteo, por aproximación. Es lo mejor que uno puede hacer. Y no importa que después tenga que rectificar, porque esto no significará nunca un retraso, sino que será siempre una maduración, una fase de aprendizaje. Lo malo es que uno se empeñe, porque ha oído que tal cosa es la mejor, en seguir insistiendo hacia allí, cuando en realidad lo que su interior está deseando de veras es otra cosa muy distinta.
Hemos de aprender a ser más sencillos, más sinceros con nosotros mismos. No empeñarnos en que nuestro ideal sea la idea, a, b o c. No, no nos traicionemos a nosotros mismos. Para esto lo mejor es que después de haber leído libros o escuchado conferencias, y después de haberlos procurado entender, prescindamos totalmente de todo ello y comencemos a pensar por nosotros mismos. Lo que hemos aprendido puede ayudarnos, sirviéndonos de datos, con tal de que no nos adhiramos a ninguna opinión movidos por razonamientos más o menos teóricos. Esto es lo primero que hemos de hacer para empezar a ser nosotros mismos, para saber qué camino hemos de elegir y en qué dirección tenemos que andar.
Hay muchas personas que sienten la atracción del desarrollo espiritual, del perfeccionamiento. Está bien, pero es que uno se puede perfeccionar de múltiples maneras y muchas veces la mejor forma de perfeccionarse consiste en no preocuparse de la perfección. Quiero decir que no hemos de hipnotizamos con ideas, sino que debemos aprender a mirar contenidos vivos, aunque esto de momento nos desconcierte o nos desoriente. Y es que nos hemos acostumbrado a agarrarnos a las ideas y a no dejarlas, a no ser también por otra idea. Riámonos de las ideas, pero tengamos un máximo respeto hacia nuestra verdad interior; sea cual sea la idea o la forma intelectual que puedan adoptar, nosotros debemos permanecer continuamente en actitud de escucha, siempre intentando ver más, descubrir más; sin adherirnos a ninguna idea como algo definitivo.
Nos agarramos con fuerza cuando tenemos miedo. Sepamos que a nosotros no nos sostienen las ideas, somos nosotros los que las producimos. Por lo tanto, cada vez que yo me aferro a una idea, a la idea de mi importancia, o a la de mi función social, o de mi futuro, u otra cualquiera, estoy invirtiendo completamente los términos.
No necesito las ideas para que sostengan mi ser. Yo soy sostenido por la vida que me está creando, me está manteniendo, y me está dando la verdad a raudales. Y no es agarrándome a las ideas como descubro esta verdad, sino actuando con toda la simplicidad desde mi interior sin cogerme a nada, con la soltura de un niño que dócilmente se deja llevar. En la medida en que uno se deja llevar y aprende a mirar con esta simple mirada, esta simple toma de contacto o de conciencia con las fuerzas vivas que le mueven, le da más sabiduría que todas las ideas obtenidas en los libros.
Es preciso llegar a esa simplicidad interior. Y para eso hemos de aprender a soltarnos de todas las ideas. No a condenarlas, pues ello es otro modo de adherirnos, sino a soltarnos de ellas, como una parte del trabajo en la búsqueda de la verdad, y de la plenitud. Porque las ideas son muy necesarias para desenvolverse en el mundo concreto de las cosas. Pero en esa dimensión interior de autorrealización, se convierten en un impedimento. El haber leído centenares de libros de filosofía, de psicología, de Yoga o de otras materias parecidas, no supone haber adelantado ni un solo paso. Pero el que se ha mirado interiormente por un instante y ha abierto su mente para mirar, y buscar en silencio eso está ya enfrente del camino, o está entrando en él. No son las ideas las que nos hacen adelantar. El máximo bien que pueden hacernos consiste en demostrarnos y conducirnos a esa actitud interna que nos permite despojarnos de las ideas para encontramos a nosotros mismos. Nosotros somos los productores de ideas, por lo tanto ninguna idea será nunca la explicación de la realidad central.
Estamos tan habituados a agarrarnos a las ideas que nos parece que todo el truco consiste en encontrar más ideas, en combinarlas, en barajarlas hasta dar con la clave. Pero esto no es así en modo alguno. Aumentando o combinando cosas relativas jamás llegaremos a la noción de realidad, a la noción de absoluto. Sólo lo conseguiremos el día en que descubramos que todo nuestro proceso de pensar está enraizado y brota de algo muy real y muy profundo, que está más allá de todas nuestras ideas y de todas nuestras pequeñas verdades.
Por lo tanto, no he de buscar la solución en las ideas, sino haciendo un gesto interior de apertura ante la conciencia de mí mismo y ante mí mismo en cada circunstancia. Cuando yo no quiera filtrar todas mis experiencias a través de la mente -sino que por el contrario tome conciencia directamente de lo que ocurre en mí por detrás de la mente-, sólo entonces daré con la solución, con la verdad, con el ideal vivo que ando buscando. Esto requiere un acto de entrega, de apertura, como aquel que se lanza desde un trampolín superior, con el corazón y con los brazos abiertos, sin miedo ni encogimiento.



Variedad de técnicas de trabajo

Hay procedimientos y técnicas diversas que nos permiten preparar nuestros instrumentos, e ir venciendo sus resistencias. Algunos son abruptos, rápidos, sobre todo para aquellas personas que de un modo u otro están ya preparadas. En realidad todos estamos preparados para algo. Pero hay personas que se encuentran más preparadas para este tipo especial de trabajo y llegan a la verdad de una forma abrupta, en el momento en que reciben un shock o les ocurre algún suceso totalmente inesperado. Estos hechos vencen la inercia que les hacía apoyarse en el exterior y les impedía tomar conciencia directa de su centro. Siguen esta trayectoria el método Zen y el de Krishnamurti.
Pero no importa el nombre que podamos dar al método. Una vez más no nos supeditemos a nombres. Citamos sólo estos nombres para hacer ver que históricamente, es decir, de hecho, este camino ya existe y que hay testimonios de este tipo de trabajo.
No obstante, no es el único modo de llegar al mismo fin. Hay otros muchos. Por ejemplo: Una preparación progresiva de nuestra efectividad para que aprenda a profundizar. Siguen esta senda el cultivo bien orientado de la vida afectiva y de la vida religiosa.
Podemos asimismo aprender a desarrollar el silencio mental para tomar contacto con lo que hay detrás. Se tratará en este caso de una vía de superación mental, que en Oriente recibe el nombre de ciencia del Raja Yoga.
Podemos aprender también a llegar a la realidad a través del discernimiento, pero no de un discernimiento especulativo, sino aplicado a cada instante y a cada experiencia de la vida. Así es el verdadero Jñana Yoga o Yoga de la sabiduría.
Y también mediante una progresiva entrega de nosotros mismos a través de la acción, tomando conciencia de esa entrega total, o lo que es lo mismo, de nuestra desidentificación con respecto a nuestra actividad. Tal es el camino del Karma Yoga.
Existen otros caminos, pues hablar del Yoga es hablar de una serie de técnicas específicas. Hay muchas formas de llegar al mismo resultado. Al citar las técnicas no hago más que apuntar posibilidades, sugerir unos caminos, pero no lo cito para que nadie tenga que atenerse necesariamente a una técnica determinada. Una persona puede utilizar una técnica, pero nunca debe colocarse de forma absoluta bajo ella, porque entonces sería muy difícil aprender a conocerse a sí misma. Eso sí, podrá llegar a conocer bastante bien la técnica... Es preciso que la técnica nos conduzca a algo que la supere, que la trascienda y esto que supera a la técnica es la conciencia profunda del yo, de mí mismo como sujeto que utiliza la técnica. Por lo tanto, ya de entrada, conviene no mirar las técnicas como algo absoluto, como divinidades sustitutivas, como una especie de dioses auxiliares que nos han de conducir ante la divinidad mayor. La divinidad mayor ya está presente. Las divinidades auxiliares, también existen, pero muchas de estas divinidades están ya actuando a través de nuestras facultades, y en cierto sentido son estas mismas facultades superiores; y hemos de aprender a apoyarnos en ellas, a trabajar en ellas, y a profundizar en ellas para que a su vez nos conduzcan también a su fuente. Y esto es lo que trataremos de explicar con cierto detalle en sucesivos capítulos.



En resumen

Resumiendo lo anterior diremos que el sentido de la vida es algo que hemos de aprender a descubrir por nosotros mismos, aunque ya por simple observación este sentido de la vida parece consistir en el aspecto interno en la completa realización interior de una plenitud que anhelamos, que de hecho ya nos empuja y que puede adoptar varias formas: conocimiento, belleza, amor, potencia. Y en el aspecto externo, en la progresiva manifestación o expresión de esta plenitud interior a través de una proliferación de formas cada vez más aptas para poder expresar esta mayor y más elevada plenitud de conciencia.
Después vendrán las escuelas filosóficas y nos dirán: es la forma la que determina la calidad de la conciencia; a una configuración más completa, corresponde una conciencia má